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lunes, 23 de febrero de 2009

LA CRÍTICA HA DICHO DE POEMAS FINALES

Poemas finales
Cecilia Dreymüller
22/08/2009 El País Babelia
Apenas cincuenta años han pasado desde que desapareció en su exilio moscovita Nâzim Hikmet, el poeta turco más internacional, y ya nadie en Occidente parece acordarse de su obra luminosa y esperanzadora. Un efecto secundario del derrumbe del régimen comunista fue que arrastró al olvido -cuando no al desprestigio- a muchos intelectuales y artistas políticamente perseguidos que habían buscado refugio en la antigua Unión Soviética. Y precisamente Hikmet, comunista de primera hora -que había encontrado su patria intelectual a principios de los años veinte en el Moscú de las vanguardias-, había mantenido un incorruptible compromiso crítico: en la Rusia estalinista provocó un escándalo mayúsculo con su obra de teatro ¿Realmente existió Iván Ivanovich?, una agresiva sátira sobre la burocracia de partido y el culto al líder.
La obra prolífica de Hikmet -o lo que queda de ella, ya que parte se perdió en la fuga a Rusia, fue destruida por la policía turca- opera frecuentemente con la contundencia afirmativa del realismo social. Sin duda, corresponde a un defensor apasionado del comunismo (por otra parte, absolutamente antidoctrinario).
Pero también seduce por la dulzura del sentimiento, la amplitud de miras, y sobre todo por el entusiasmo de soñador romántico que el sexagenario autor de los Poemas finales conservó. El segundo tomo de los Últimos poemas, que cierra un meritorio proyecto de traducción, iniciado hace diez años por Fernando García Burillo, da fe de las cualidades de la obra de madurez de Hikmet, de su autenticidad, transparencia y concisión: “Soledad: pan de recuerdos que no llena”. Aunque, indudablemente, el libro está marcado por la conciencia de que al gravemente enfermo del corazón le quedaban pocos años: “Dentro de mí está la noche de la gran separación". Una curiosidad añadida de los Poemas finales representan aquellos versos que expresan el fuerte vínculo emocional de Hikmet con España (“España es una rosa de sangre abierta en nuestro pecho"), manifiesto en el poema carta a Blas de Otero, y del que se hace eco el precioso, crepuscular pórtico de Antonio Gamoneda.


Más Finales II

Antonio Colinas.

27 de febrero de 2009 - El Cultural

En España hemos tenido una difusión tardía de la obra del poeta turco Nazim Hikmet (1901-1963), aunque guardamos un particular y temprano recuerdo de la versión parcial que el poeta turco-sefardí Solimán Salom -asiduo en las tertulias madrileñas de los años 60- nos ofreció en uno de los selectos volúmenes de la primera etapa de la colección Adonais (Poetas turcos contemporáneos, 1959). Luego llegarían la antología publicada por Visor (1970) y Duro oficio del exilio (Batlló, 1976, preparada sobre la que había hecho el argentino Alfredo Varela). El libro que hoy comentamos es complementario del que Las Ediciones de Oriente había publicado en 2000 (Últimos poemas.I). Estos poemas finales fueron escritos prácticamente durante los dos últimos años de su vida y, bajo este punto de vista, poseen esa significación profunda que sólo puede transmitirnos un ser humano que hizo de la lucha y del testimonio político una razón de ser tan poderosa como su misma poesía.

Nacido en Salónica, en 1901, cuando esta ciudad se hallaba integrada en el Imperio Otomano, Nazim fue hijo de un alto funcionario turco allí destinado. Sus raíces creativas son inseparables de su activismo político, ligado a su pertenencia al partido comunista y, en concreto, a una febril actividad periodística a lo largo de los años 20 y 30, que le llevara a la persecución por parte de las autoridades de su país; primero a breves encarcelamientos y más tarde, en 1938, a 12 años de prisión. Una campaña emprendida por intelectuales de todo el mundo, encabezada por Tristan Tzara, logró su liberación. Vida y obra están, por tanto, traspasadas por la inquietud social, pero lo que el Tzara reconoció como la “resonancia afectiva” de la poesía de Hikmet es lo primordial en su obra: un humanismo directo, sin fronteras, que el poeta aborda desde un lenguaje fuerte y novedoso.

Son estos atormentados (y serenos) poemas finales como páginas de un Diario que el poeta arranca a los lugares que visita (Tallin, Tanganica, Berlín y Moscú). A veces, un solo símbolo -como el árbol del poema “árbol de Año Nuevo”, escrito en Estonia- le sirve para ponernos de relieve un macrocosmo que es consustancial a esta poesía última, y que está hecho a la vez de un lirismo y de un realismo desnudos, en los que “oscuras torres góticas y chimeneas de fábricas” contienden con los símbolos perennes. Son los símbolos que luego, en un poema escrito en Berlín, adquieren nuevos nombres, y que anulan la angustia de la “separación” de la “enferma” que está muriendo en la lejanía.

Como ya sucediera en otro gran poeta testimonial que nunca renunció al lirismo, Pablo Neruda, las miradas de Hikmet tienden a contemplar lo planetario más allá de lo local. Siempre es el realismo el que se revela en sentimientos y figuras comunales. Así, en los 10 poemas-carta que escribe en Dar es Salam, capital de Tanganica, hace una lectura de la realidad a través de la vida cotidiana; aunque en esa sucesión de imágenes, el hilo lírico sea más débil y es la realidad y la Historia la que retorne al poema para intensificarlo y sacudir al lector.

Como otro gran poeta turco del pasado siglo, Ilhar Berk, Hikmet contempló el mundo y los seres humanos con los ojos “bien abiertos y bien jóvenes”. Es esta mirada imperturbable la que observa y pasa la información al pensamiento y al sentimiento del poeta, que, a continuación, denuncian. Pero, al final de su vida son el amor y muerte las que cuentan para un humano; son como su testamento poético al trenzarse en el breve poema último como un resumen de una vida asediada por el dolor: “Me dijo por qué no vienes/ por qué no te quedas/ por qué no sonríes/ por qué no mueres/ He venido/ He quedado/ He sonreído/ He muerto”.



Gotas como racimos de uva

Jaime Siles.

22 de febrero de 2009 - ABCD las Letras - Número: 891


Lo que caracteriza la lírica del último Hikmet es que la órbita del poema no sigue otro trayecto que el que brota de su propia conciencia y al que una sentimentalidad nada romántica hace transcurrir también por el concreto mapa de su imaginación, haciendo que en sus versos se mezclen muchas cosas y que el intenso tejido que las une sea a la vez único y común -que consista en «echar un cubo al pozo» que su yo lleva dentro y en «sacar agua de él».

No todos sus poemas participan en y de este mismo espíritu: los menos líricos se sirven de determinadas divinidades de la mitología anatolia para, a través de ellas, articular un canto de defensa de la libertad. Son los más políticamente militantes, pero también los que de todo este conjunto despiertan menos interés, ya que sucumben a la fuerza inercial del tópico, y el resultado estético obtenido queda muy por debajo de su noble intención. No otro es el precio que el poema político a menudo se ve forzado a pagar.

Pero la poesía política de Nâzim Hikmet se distingue en que la circunstancia que origina el poema no somete a éste ni a un tematismo fácil ni a un esquema reductor, sino que hace del sujeto que lo expresa -y por tanto también de quien lo lee- una atenta conciencia vigilante, solidaria del dolor de los otros, que ve reflejado también en el propio yo. Hikmet da dimensión poética a la poesía política y logra que el poema supere las limitaciones de dicción que podrían convertirse en su lastre.

Una fotografía en la prensa. «Árbol de Año Nuevo» es un ejemplo de la compleja simultaneidad de lo íntimo, y «Revista militar», una muestra de escritura testimonial. Así lo indica la delicada maquinaria y la perfecta estructuración que lo informa, con la precisa anécdota de la que parte y el conciso desarrollo que su autor le da. Personalmente prefiero el primero de ellos al segundo, pero no puedo dejar de admirar la arquitectura y el tono epigramático de éste, que tiene su origen en una fotografía publicada en la Prensa y que se amplía hasta constituirse en palabra moral.

En Hikmet lo ideológico nunca llega a anular lo estético, que, en su obra, se alimenta de un correlato inteligible. De ahí sus símiles y sus comparaciones siempre claras.
Y es que -como dice uno de sus poemas más líricos y culturalistas- ha «bebido de todas las fuentes de Roma», y eso se nota no sólo en los referentes que utiliza, sino en su respeto a la religiosidad, patente en los versos titulados «Los rostros de nuestras mujeres». Pero su esperanza y su convencimiento son que la poesía sirva «a la causa de la libertad». Así lo expresa en «A los escritores de Asia y África», o en el que dedica a pedir el apoyo internacional a Antoine Gizenga.

Los últimos poemas de Hikmet parecen formarse a partir de dos claves: una de compromiso, y otra, de introspección. La primera genera los textos de carácter más inmediato y que podríamos llamar puntuales; la segunda, en cambio, produce textos que -como «Parece que amé»- se caracterizan por lo inesperado de su desarrollo y lo complejo de su textualidad. Pero, junto a estas dos grandes líneas, hay otras vertientes, en las que abunda el retrato de personas queridas e instantáneas líricas como ésta: «Enormes gotas de lluvia como un racimo de uvas».

Más que la metáfora moderna, Hikmet utiliza -como ya se ha dicho- el símil y la comparación. Lo que facilita el acceso del lector a un sistema referencial coincidente con -o reconocible por- su propio horizonte de expectativa. Pero estos poemas -hay que decirlo- no son en sí un libro ni constituyen tampoco una unidad: tienen -eso sí- la coherencia que la cosmovisión de su autor les otorga, pero sólo esa. Lo que no significa que carezcan de valor en sí: lo tienen como poemas, pero no llegan a configurar su mundo en libro.

Clima de confidencia. Abundan el apunte a vuelapluma, la nota de diario, el dibujo y el trazo, más que los poemas de extenso recorrido; y, sin embargo, hasta en los más breves, hay notabilísimos hallazgos como los que suponen el poema-reportaje y la calidad de su lírica amorosa. En ésta cobra especial relieve su clima de confidencia; en aquéllos, la capacidad del autor para unificar diferentes planos de la realidad y constituirlos en estados de conciencia.

Estos Poemas finales de Nâzim Hikmet completan la fase anterior recogida en Últimos poemas, publicados en el año 2000 también por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, pero tienen, además, otro interés: que Fernando García Burillo explica las relaciones de Hikmet con Hispanoamérica y España, sobre los testimonios de Neruda y Nicolás Guillén, las versiones al vasco, hechas por Gabriel Aresti, y los poemas intercambiados entre el poeta turco y Blas de Otero. Nuestro país fue para Hikmet una referencia: su poema «España», incluido aquí, lo demuestra.


La prensa turca se hace eco del interés en España por Nâzim Hikmet

Carta de España

Altug Akin



viernes, 16 de enero de 2009

EN LA ESTELA DE NÂZIM HIKMET






Para Nâzim, el mundo hispánico tuvo dos polos de atracción: la guerra civil española y la revolución cubana. Como tantos otros artistas y escritores de la época, el poeta se identificó con la causa de la República durante la guerra civil española. De entonces data su largo poema titulado «Viaje a Barcelona en el barco del desafortunado Yusuf», cuya última parte «Nieva de noche», escrita el 25 de diciembre de 1937, evoca la defensa del Madrid republicano.

Cuando, en 1950, tras purgar una pena de más de 13 años de prisión ininterrumpida en las cárceles de su país, el poeta consigue su libertad y, poco después, parte clandestinamente al exilio, conoce a otros poetas, comunistas como él, que también habían mostrado su solidaridad con la República española y ahora participan activamente en el Movimiento por la Paz, auspiciado por la Unión Soviética en aquellos años de guerra fría, pero en el que colaboraban de buen grado numerosos intelectuales y artistas, desde los esposos Curie hasta Pablo Picasso pasando por Louis Aragon, Sartre, Diego Rivera, Arnold Zweig...

Nicolás Guillén, nacido el mismo año que Hikmet, dedicó varios artículos al poeta: en el periódico Hoy, uno con ocasión de cumplir este 62 años (su frágil salud hacía que sus cumpleaños adquirieran una relevancia especial), y otro con motivo de su muerte al año siguiente. En Páginas vueltas, las memorias que Guillén escribió al final de su vida, dedica un afectuoso recuerdo a su «hermano» turco:

La primera vez que yo fui a la Unión Soviética, entre las muchas personas a quienes conocí, me hizo una muy agradable impresión el poeta Nâzim Hikmet, hoy fallecido. Era un hombre alto, rubio, aguileño, de ojos azules, muy simpático. Se expresaba en ruso y francés con la mayor seguridad, y mantenía un tono risueño y jovial en la conversación. Todo el mundo lo llamaba Nâzim a secas, y de todo el mundo era querido y admirado. Cuando el II Congreso de escritores afroasiáticos, él y yo coincidimos en El Cairo, donde él representaba a su país, o mejor dicho, a su pueblo.
Una noche, la noche en que Nasser ofreció a las delegaciones un portentoso agasajo en el Palacio Imperial, me encontré a Nâzim, que iba acompañado de su esposa, una mujer muy bella y joven. Yo lo bromeé con este hecho, dirigiéndome a la dama y diciéndole con fingida ingenuidad: «Veo que su papá goza de muy buena salud». Ella rió de buena gana, y él también, claro, pero no sin decir: «Este hombre es un bandido, un negro pirata de las Antillas».
Nos veíamos con frecuencia, sobre todo cada vez que yo iba a Moscú. Las anécdotas en relación con él me vienen a la mente. Una tarde llegué yo a su casa, o mejor dicho, a su departamento de soltero, pues aún no se había casado entonces, y lo vi muy atareado haciendo una maleta, sin duda en vísperas de viaje. De repente me dijo: «Mira, tengo esto para ti», y me mostró un pedazo de papel verde. «A mí no me sirve para nada, a ti seguramente pienso que te vendrá muy bien», añadió. Era un billete de cien dólares. Claro que él sabía que «este papel» era convertible en rublos, pero pienso que hizo eso para que yo no careciera de algún dinero en un país extraño.
¡Pobre Nâzim! Él estuvo en Cuba por los años sesenta y se le dio un homenaje muy simpático y numeroso en la UNEAC. Sin embargo, me dijo que no podía soportar nuestro clima, el cual le ocasionaba muy riesgosos trastornos cardiacos.

Su breve estancia en Cuba (hubo de acortarla, pues su corazón se acomodaba mal con el clima de la isla) no pasó desapercibida: participó en multitudinarios encuentros en la UNEAC, lo entrevistaron en televisión, y el periódico Revolución le dedicó un amplio artículo-entrevista en el que el periodista trata siempre de ir más lejos que Nâzim en su idílica visión de la revolución castrista y en cuyas fotografías se distingue a un hombre sudoroso y cansado, como él mismo reconocía, pero que no quiso morir sin conocer la revolución cubana, a la que quería dedicar «un poema-reportaje».

Pero quien más escribió sobre Hikmet fue Pablo Neruda. Ya lo hizo an
tes incluso de conocerlo personalmente, cuando, pocos meses después de salir de la cárcel, el gobierno turco impidió su asistencia a la ceremonia de entrega de los premios mundiales de la paz, en noviembre de 1950 en Varsovia:

Quiero rendir un homenaje a mi hermano en poesía Nâzim Hikmet. Ojalá hubiera estado con nosotros. Su poesía ha sido para todos un gran manantial hecho de noble agua que canta y de acero que corre hacia el combate. Su largo cautiverio nos hizo agigantar su palabra hasta hacerla una voz universal. Mi obra de poeta se enorgullece de estar junto a su poesía en esta alta hora de lucha por la paz.

El propio Neruda fue uno de los galardonados. Cuatro años después, en una conferencia que dictó en la Universidad de Santiago de Chile, hizo una entusiasta semblanza del poeta, que se iniciaba con estas palabras:

Entre mis nuevos amigos de allá lejos quiero hablarles del poeta turco Nâzim Hikmet. Nunca verán ustedes este nombre en las extrañas revistas culturales que aquí leemos. Sin embargo, es el primer poeta, el poeta nacional de su patria, Turquía. Yo lo considero como uno de los más grandes poetas vivos.

En un artículo de la revista Viajes, publicado en 1955, Neruda relata la odisea carcelaria del poeta:

A Nâzim lo acusaron de querer sublevar a la marina de su país, y lo condenaron a todas las penas del infierno. Lo juzgaron en un barco de guerra. Me contaba cómo lo hicieron andar alrededor del barco, hasta fatigarlo, y luego lo metieron en el sitio de los excusados, en que las letrinas y los excrementos se levantaban medio metro sobre el piso. Entonces mi hermano, el poeta, se sintió desfallecer, la pestilencia lo hacía tambalear. Pero pensó: los verdugos me están observando desde algún punto, quieren verme caer, quieren contemplarme desdichado. Y entonces sus fuerzas resurgieron, encendió un cigarrillo y comenzó a cantar, en voz baja primero, en voz alta después y luego con toda la garganta. Y así cantó todas las canciones, todos los versos de amor que recordaba, y todos sus poemas y todas las canciones de los campesinos y de las luchas de su pueblo. Cantó todo lo que sabía. Y así triunfó de la pestilencia y del martirio6.
Ese mismo año, en la revista Aurora, refiere, con su habitual tono elegíaco, otra circunstancia dramática de la vida del poeta, el imposible reencuentro con su mujer y su hijo durante los primeros años de su exilio en Moscú:
Encontré a Nâzim Hikmet siempre resuelto y vibrante, una intensa preocupación velaba sus ojos claros. Desde hace años, en el exilio, escapado de las prisiones de Turquía, acogido por el amor y la admiración de la cultura soviética, devora al gran poeta una inquietud terrible. Después de quince años de presidio en las inhumanas prisiones turcas vivió el idilio enhebrado desde la cárcel, alcanzó a casarse y a ver nacer a su hijo antes de escapar milagrosamente de los verdugos que lo buscaban de nuevo, esta vez para sentenciarlo a muerte. Pero a su mujer y a su hijo no los dejan salir de Turquía. Se han hecho muchas gestiones, pero hasta ahora todo ha sido en vano. Hace poco supo la última noticia. Su propia mujer había ido a pedir su salida al ministro del Interior y éste le había respondido en esta forma: «No saldrás de Turquía, ni tu hijo tampoco. Queremos que él sufra y muera de no estar con ustedes. Tú lo seguirás a la tumba poco después y este niño quedará en nuestras manos para que lo enseñemos a odiar a su padre».

En su poemario Las uvas y el viento le dedicó un largo poema: «Memorial de estos años. Aquí llega Nâzim Hikmet»; y en 1963, tras la muerte de Hikmet, se referirá en varias ocasiones, con emoción, a su amigo y camarada recién desaparecido, como en el discurso que hizo el 29 de septiembre de 1973 en el parque Bustamante de Santiago de Chile, pero quizá su texto más emotivo sea el poema «Corona de invierno para Nazim Hikmet», publicado al conocer su muerte:

Por qué te has muerto, Nâzim? Y ahora qué haremos sin tus cantos? Dónde encontraremos la fuente? Dónde estará tu gran sonrisa, esperándonos?
Qué vamos a hacer sin tu postura, sin tu ternura inflexible?
Dónde
encontrar otros ojos que como los tuyos contengan el fuego y el agua
de la verdad que exige, de la congoja que llora y de la alegría valiente?
Hermano, me enseñaste tantas cosas que si las deshojara
en el amargo viento del mar, a manos llenas,
tal vez se irían y caerían como la nieve allá lejos,
en la tierra que escogiste en la vida, que ahora te acoge
también en la muerte.
Un ramo de crisantemos del invierno de Chile,
la luna fría del mes de junio de los Mares del Sur
y algo más: el combate de los pueblos, del mío,
y el redoble apagado de un tambor de luto en tu patria.
Hermano mío, soldado, qué sola es la tierra
para mí desde ahora
sin tu rostro que florecía como un cerezo
de oro,
sin tu amistad que fue pan de mi boca,
agua de mi sed, fuerza para mi sangre!
De tus prisiones que fueron como pozos sombríos,
pozos de la crueldad, del error y del dolor
te vi llegar y aceché en tus manos la huella
del castigo, en tus ojos busqué la espina del odio,
pero lo que traías era tu corazón radiante,
tu corazón herido sólo traía luz.
Y ahora?, me pregunto. Déjame ver, pensar,
imaginar el mundo sin la flor que le dabas.
Imaginar la lucha sin que tú me demuestres
la claridad del pueblo y el honor del poeta.
Gracias por lo que fuiste y por el fuego
que tu canción dejó para siempre encendido.


En España, son varios los poetas que se declaran deudores o próximos a la poesía de Nâzim Hikmet.

Quien con más constancia la ha reivindicado ha sido, sin duda, Antonio Gamoneda, que desde muy pronto se interesó por la poesía de Nâzim Hikmet, un poeta con el que compartía inquietudes sociales, políticas y estéticas, y cuya propia vida —sus largos años de privaciones en las cárceles de su país— lo acercaba a ese dolorido mundo de la posguerra que Gamoneda había conocido durante su infancia de niño pobre en los arrabales de León.

Hay un libro clave en la producción de Gamoneda donde la influencia del poeta turco es patente. Se trata de Blues castellano —escrito entre los años 1961 y 1966, pero, prohibidos por la censura muchos de sus poemas, no fue publicado en su totalidad hasta 1982—, que el propio autor reconoce deudor de dos influencias clave: la del poeta Nâzim Hikmet y del blues negroamericano: «Yo escribí (traduje, ya diré cómo) spirituals en castellano, y yo puse en mi lengua (también diré cómo) a Nâzim Hikmet. Sin este trabajo, creo que no habría existido mi blues».

Del interés de Gamoneda por la poesía de Nâzim Hikmet son buena prueba los poemas que de él tradujo por aquellos años en la revista Claraboya, reivindicados por su traductor/escritor en numerosas ocasiones, no solo en los artículos que sobre su propia poética reunió en El cuerpo de los símbolos, donde vuelve a insistir en que «Blues castellano tiene unos padres... Yo hice este libro dominado por dos fuerzas poéticas... el poeta turco Nazim Hikmet y las letras de los cantos negroamericanos», sino en la reciente edición de su poesía reunida, donde con el sugestivo título de «Mudanzas» recoge de nuevo estos poemas, con los blues y otros de Mallarmé, Plinio, Dioscórides, Trakl...

Las «mudanzas» de Gamoneda de los poemas de Hikmet están hechas a partir de la primera antología en francés que en Europa se conoció del poeta turco, obra de Hasan Gureh, publicada en Francia en 1951, apenas un año después de su liberación. Los poemas elegidos son «Domingo», de 1938; «El gigante de los ojos azules», de 1933; tres «Rubáiyátas», de 1945; «Don Quijote», de 1947; y «Angina de pecho», escrito en abril de 1948 tras sufrir el poeta uno de sus primeros infartos. Lo que la poesía de Hikmet proporcionó a Gamoneda fue, en palabras de éste, «la certificación de que la poesía no es social ni poesía si no se hace en un lenguaje de la especie poética» y no lecciones «en materia de ideología o de conducta ciudadana».

Y añade: "si la expresión del sufrimiento no produjese placer, yo habría respetado mucho a Nâzim, pero no habría gastado mi tiempo tratando de sentirle en mi lengua".

La relación entre la poesía de Nâzim Hikmet y Blas de Otero fue puesta de manifiesto por Víctor García de la Concha, quien en su estudio sobre La poesía
española de 1935 a 1975 escribe:

Como poeta, Blas de Otero se siente simple «eslabón de una cadena» que, reléase el soneto «Ayer mañana», va desde el cancionero popular «la primera palabra está escondida/ en la boca del pueblo...» a Nâzim Hikmet, pasando por Fray Luis, Quevedo, Rosalía, Machado, Vallejo...

Blas de Otero —además de citar a Hikmet en el poema inédito, dedicado al poeta búlgaro Nicolai Vaptzarov, que publicó en el número de la navidad de 1960 en Papeles de Son Armadans, en cuyos últimos versos reúne «todos los nombres que llevé en las manos/ (César, Nâzim, Antonio, Vladimiro,/ Paul, Gabriel, Pablo, Nicolás, Miguel)— dedicó al poeta turco sus «Cartas y poemas a Nâzim Hikmet», incluido en su poemario En castellano, prohibido por la censura. Cuando más de diez años después intentó burlar a los censores con la publicación de su antología Expresión y reunión, estos volvieron a suprimir el poema dedicado a Nâzim Hikmet:

CARTAS Y POEMAS A NÂZIM HIKMET

Puesto que tú me has conmovido,
en este tiempo en que es tan difícil la ternura,
y tu palabra se abre como la puerta de tu celda
frente al Mármara,
rasgo el papel y, de hermano a hermano, hablo contigo
(acaban de sonar)
las nueve de la noche)
de cosas que no existen: Dios
está escuchando detrás de la puerta
de tu celda,
cedida por amor al hombre: Nâzim Hikmet,
quédate con nosotros.

Que tu palabra entre entre las rejas de esta vieja cárcel
alzada sobre el Cantábrico,
que golpee en España
como una espada en el campo de Dumlupinar,
que los ríos la rueden hacia Levante y por Andalucía se
extienda
como un mantel de tela pobre y cálida,
sobre la mesa de la miseria madre.

Te ruego te quedes con nosotros,
es todo lo que podemos ofrecerte: diecinueve años
perdidos,
peor que perdidos, gastados,
más que gastados, rotos
dentro del alma:
ten
misericordia de mi espuria España.

Nunca oíste mi nombre ni lo has de oír, acaso,
estamos separados por mares, por montañas, por mi
maldito encierro,
voluntario a fuerza de amor,
soy sólo poeta, pero en serio,
sufrí como cualquiera, menos
que muchos que no escriben porque no saben, otros
que no hablan porque no pueden, muertos
de miedo o de hambre
(aquí decimos A falta de pan, buenas son tortas, se cumplió)

pero habla, escribe tú, Nâzim Hikmet,
cuenta por ahí lo que te he dicho, háblanos
del viento del Este y la verdad del día,
aquí entre sombras te suplico, escúchanos.


El año 1961, amigos comunes prepararon una cita entre Nâzim Hikmet y Blas de Otero, que debían encontrarse frente a las puertas de St. Germain des Près, en París. Sin embargo, aquella mañana, Otero, que se encontraba bajo los efectos de una de sus depresiones, no acudió y envió a Tachia a disculparle ante el poeta turco.

Ese mismo año, el Consejo Mundial de la Paz, presidido por Nâzim Hikmet, concedió la medalla de oro de la Paz a los presos políticos españoles. No es de extrañar, por tanto, que dos poetas como Hikmet y Marcos Ana, de experiencia vital tan próxima se conocieran —el poeta turco había salido de la cárcel diez años antes tras una huelga de hambre que había puesto en peligro su vida y consumir en prisión trece años de su vida, y el poeta español conocía la libertad veintitrés años después de haber sido encarcelado y condenado a muerte al concluir la guerra civil, cuando apenas contaba con diecinueve años—. En junio de 1973, con ocasión del décimo aniversario de la muerte de Nâzim Hikmet, tuvo lugar en París un coloquio al que fue invitado Marcos Ana. De su intervención entresacamos las siguientes palabras:

Si el hecho de haber pasado 23 años en una prisión me diera cierta autoridad ante ustedes, aunque sea una autoridad un tanto triste, querría utilizarla hoy aquí para ofrecer el homenaje de los poetas españoles, de los poetas demócratas revolucionarios españoles, a la vida y a la memoria de Nâzim Hikmet. En la cárcel, yo no conocía a Nâzim, pero en 1961 se desencadenó en Europa una campaña por mi libertad, y un día recibí una carta que venía de la Unión Soviética firmada por diferentes poetas entre los que se encontraba la firma del poeta Nâzim Hikmet. Fue entonces cuando comencé a conocerlo; era muy difícil encontrar sus poemas traducidos al castellano; los leímos en la clandestinidad, en la cárcel; después, en 1962, cuando salí de la cárcel, me invitaron al Congreso Mundial de la Paz, en Moscú, y allí tuve ocasión de conocer y abrazar a Nâzim Hikmet. Me parece que hay en nuestras vidas muchas cosas que son parecidas. Una fraternidad terrible y hermosa a la vez.

En su emotivo libro de memorias Decidme cómo es un árbol, Marcos Ana relata así su encuentro con Hikmet:

En aquél, mi primer viaje a la Unión Soviética, en 1962, me resultó especialmente entrañable conocer al poeta Nâzim Hikmet, un año antes de su dura muerte. Fue un encuentro de los que recordaré siempre, por la densidad humana de su vida y de su obra. La bondad de sus ojos azules y su frente pensativa hablaban en silencio de las cárceles turcas en las que había pasado muchos años encarcelado.
Un gran poeta popular, de versos entrañables, una voz cálida y profunda para la paz, para el amor, para «la inmensa humanidad», un término que le gustaba utilizar con la mayor ternura.
Nos unieron enseguida historias semejantes, palabras conocidas, palabras de hambre, de piedra y de hierro, de dolor y esperanza e intercambiamos los mismos sueños urdidos en las prisiones de Turquía y España.
No conocía aún su noble y grandiosa poesía, después apresé entre mis manos, como agarraría el pan la avaricia de un hambriento, un ejemplar de su libro Duro oficio el exilio, traducido por el escritor argentino Alfredo Varela. Me invadió su poesía, abrió en mí un camino muy hondo. Lo tengo, con otros libros amados, en la mesilla de mi alcoba y me sigue desvelando muchas noches y no pocas madrugadas, porque sus versos están muy cerca de mi corazón y del corazón del mundo.

Y el libro concluye con esta cita de Hikmet:

Has de saber morir por los hombres,/ y además por hombres que quizá nunca viste,/ y además sin que nadie te obligue a hacerlo,/ y además sabiendo que la cosa más real y bella es vivir.

En vasco, el poeta y filólogo Gabriel Aresti publicó en la editorial Lur, con la que luego rompió, traducciones de Castelao, Bertold Brecht, Blas de Otero y Nâzim Hikmet.

En catalán, Pere Gimferrer ha destacado los evidentes puntos de contacto existentes entre la poesía de dos «proletarios rebeldes», el catalán Joan Brossa y el turco Nâzim Hikmet: «...unas similitudes curiosas con Brossa: habla cotidiana, muy pocas imágenes y basándose en los giros y la fuerza de los elementos cotidianos darlos a convertirse en elementos de poesía».

Un verso y el nombre de Nâzim Hikmet aparecen en exergo en el poema de Brossa «Sobre la vida», incluido en su poemario La porta, de 1954.


No solo los poetas se interesaron por la obra y la persona de Hikmet. José Caballero —figura mayor de las vanguardias del siglo pasado—, que colaboró con García Lorca en La Barraca, fue amigo de Neruda, Alberti y Bergamín, y realizó las portadas de algunos de los libros de Gerardo Diego, Luis Rosales y Leopoldo Panero, tiene un cuadro de 1970 titulado «La larga noche de Nâzim Hikmet». Y Alberto, otra figura importante de nuestras vanguardias de la Edad de Plata, fue amigo de Hikmet durante el exilio de ambos en Moscú, como atestigua una de las fotos que cierran este posfacio.

Cabe decir, en conclusión, que la recepción de la obra de Nâzim Hikmet en España fue relativamente tardía y no es casual que fuera conocido a través de sus traducciones al francés, como hemos visto en los casos de Gamoneda, Otero y Marcos Ana. No obstante, se benefició de la presencia en nuestro país de Solimán Salom, un ciudadano turco de origen sefardí afincado en Madrid a quien se debe la primera antología de poetas turcos contemporáneos publicada en español durante la excelente primera etapa de la colección Adonais de poesía, pero también la primera biografía rigurosa publicada en el mundo sobre Hikmet y una interesante antología de poemas que ha conocido varias reediciones y fue la que, verdaderamente, dio a conocer al poeta en España, junto a las que ya circulaban en la América hispana desde dos décadas antes, a raíz de las primeras traducciones al francés, en particular Duro oficio el exilio, publicada en 1959 por la editorial bonaerense Lautaro, reeditada en 1975 por el Instituto Cubano del Libro y en 1976 y 2002 por Batlló en Barcelona. Previamente, en Buenos Aires había aparecido una breve antología; en 1961, con ocasión de la visita de Hikmet a La Habana, la librería La Tertulia había publicado La miel de la esperanza y otros poemas precedidos de un mensaje a los poetas, y en 1964 Ariadna había editado, también en Buenos Aires, Leyenda de amor, pieza en tres actos y cinco cuadros. Como puede apreciarse, la poesía de Nâzim Hikmet recibió inicialmente una más amplia acogida en América. Mientras en España la dictadura hacía imposible, como en su propio país, que se publicara su poesía, en América los vientos revolucionarios que soplaron al calor de la Revolución cubana y los breves paréntesis de libertad que se produjeron permitieron una más amplia difusión de su obra durante la segunda mitad del siglo pasado.

Fernando García Burillo