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domingo, 23 de febrero de 2025

NAZIM HIKMET EN PAISAJES HUMANOS DE MI PAÍS

El poeta recoge múltiples aspectos de su vida en prisión en esta obra.

 

La mayor parte de su última condena transcurrió en la cárcel de Bursa, donde se tomó esta fotografía a comienzos de la década de 1940.

La mujer de Nâzim Hikmet, Piraye, fue su principal y casi único apoyo durante los doce años y siete meses de prisión que el poeta soportó hasta su liberación en 1950. Aquí los vemos en el patio de la prisión de Bursa en 1941. Hikmet recreó la correspondencia de Pirayé durante esos años en "Paisajes humanos de mi país":


 En Paisajes humanos de mi país, uno de los protagonistas es Halil, trasunto del poeta, y otro, su amada Ayşe:

Halil estaba triste
al ver la carta de Ayşe olvidó su tristeza.
Hasan Beethoven lo miró con una pizca de ironía
y luego le preguntó:
—La carta es de su esposa, ¿verdad?
—Sí, ¿cómo lo sabes?
—Creo que se la ha leído dos veces seguidas, maestro.
—No dos, sino tres.
Por alguna razón Hasan Beethoven se cortó con la respuesta
                    y cambió de tema...

Leyó la carta de Ayşe otra vez.
No se sació.
Sacó de la cartera las cartas antiguas.
No tenían fecha.
Halil las había numerado todas.
Las cartas de Ayşe de los últimos ocho meses.
Las extendió sobre la mesa como si hiciera cartomancia.
Las fue leyendo en orden.
Era un viaje hacia Ayşe, hacia tiempos pasados.


1

Te escribo esta carta enferma en la cama.
Si estuvieras aquí, qué bien me cuidarías.
Leyla ha cumplido seis años.
Para su edad está flaca:
hago que duerma la siesta.
Ahora la he despertado:
tiene las mejillas sonrosadas
            sus ojos castaños parecen los de una persona mayor
(¿te das cuenta?
        nuestros ojos no cambian
y aunque no la recordemos ahí permanece
            nuestra infancia feliz o desgraciada).
Leyla, estoy escribiendo a papá, le he dicho.
¿Papá?, pregunta
        ha bostezado.
La niña aún está adormilada.
La gente de la casa te saluda
        Leyla y yo te besamos las manos.


2

 

Ya estoy bien.
Los alrededores están muy bonitos.
La primavera.
Los frutales son lo mejor de la tierra.
¿Los hay en la cárcel?
¿Los de ahí también florecen como estos
        para embellecer tu mundo?
Leyla y yo siempre estamos hablando de ti:
«¿cuándo va a recibir la carta papá?», me pregunta siempre…
«Dormiremos esta noche, y luego la va a recibir, verdad?», dice.
Hicimos pizza con queso
        te recordamos
            la comimos en el jardín.
Papá, le echamos de menos.
Ahora me acaban de contar un montón de travesuras de Leyla.
Interrumpo la carta para darle una buena tunda.
Ha llegado Leyla.
La he regañado.
Se ha echado a llorar.
No he podido pegarle.
La he sentado en una silla debajo del gran plátano
tiene una rebeca áspera
        que no le gusta nada
        pues también se la he puesto.
Ahí se va a quedar sentada con su naricita hasta el atardecer
                            a solas.
Ahora esto te habrá dado mucha pena.
Pero qué le vamos a hacer, papá
        es necesario para que se haga una persona.
Me duele la cabeza.
Mejor sería no tener hijos
pero no llego a decirlo.
Me gustan los niños a pesar de toda la faena que dan.
Si tuviese doce hijos
        sería la más feliz del mundo
piensa:
lo que le falta a uno lo tiene otro
cada cual tiene su defecto
        pero reunidos los doce harían una persona perfecta
                    y yo sería su madre.
He hecho la cuenta:
hoy hace justo
        tres años desde que te metieron dentro
y yo llevo dos años en casa de mi hermano mayor.
«En la cárcel los días pasan lentamente
        y los años, con rapidez», decías
a quien tiene un ser querido en la cárcel le sucede lo mismo:
        los días pasan lentamente
            y los años, con rapidez.
Te beso las manos mi querido marido
papá, le besamos las manos.
 

Uno de los aspectos de la vida en la cárcel que aparece reflejado en Paisajes humanos de mi país es su relación con otros presos. Ejerció de tutor de algunos de ellos, como de un jovencísimo aldeano condenado por un delito de sangre que acabaría convirtiéndose en uno de los pintores más destacados de Turquía: Ibrahim Balaban. Reproducimos a continuación el retrato de Nazim Hikmet que Balaban hizo en la cárcel de Bursa.


 En Paisajes humanos de mi país, Nazim Hikmet recrea así su primer encuentro con Ali el Pintor, el futuro Balaban:

El campesino Ali el Pintor tenía unos 25 años.
Había disparado al hijo del agá por un asunto de faldas.
Tenía la cara blanca como papel.
Sus ojos eran los ojos dorados de un ternero
y sus labios gruesos y rojos.
Ali tenía el diploma de la escuela elemental de la aldea.
Hacía tres meses había empezado a pintar al óleo.
Un día vio a Halil mientras pintaba.
Primero con timidez, luego con soltura
            acarició la tela con sus largos dedos.
Luego durante dos días no apartó su aliento cálido de la nuca de Halil.
Luego pidió pinturas a Halil
y sobre una tabla se hizo un autorretrato mirándose al espejo.
Una obra increíble.
Enseguida encargaron en Estambul un libro de pintura.
Ali se lo leyó en una noche sin entender nada.
Y al día siguiente le preguntó a Halil:
—Maestro, ¿qué es eso de trabajo académico?
—Académico quiere decir
dibujar a personas desnudas.
Esto es necesario para ti Ali, muy necesario.
Ali comprendió
y a los tres días Hasan Beethoven estaba en la enfermería con neumonía.
Porque Ali había sentado a Hasan todo desnudo en el dormitorio
        (cubriéndole solo sus partes)
delante de una ventana abierta.
Y se puso a hacer dibujo académico.
A duras penas salvaron a Beethoven de la muerte.
 

Los otros dos discípulos de Nazim Hikmet en la cárcel fueron Kemal Tahir y Orhan Kemal, convertidos ambos tras su liberación en dos figuras prominentes de la literatura turca. En la fotografía, Nazim Hikmet y Kemal Tahir en el patio de la cárcel.


 

En las cartas que escribió a Kemal Tahir, cuando este fue trasladado a la prisión de Malatya, se vislumbran las penalidades de aquellos hombres y mujeres condenados por sus ideas a largas penas de prisión, pero también su pasión por crear y compartir. En el fragmento que reproducimos a continuación, extraído de su carta del 8 de marzo de 1942, comparte con su camarada y discípulo ese magno proyecto que acabará siendo Paisajes humanos de mi país:

"Te envió aquí una parte del poema. He escrito 2300 versos. El primer libro tendrá 3000 versos y se titulará "La estación de Haydar-Paşa y el vagón de tercera clase número 510". El segundo libro también tendrá 3000 versos y el título: "La estación de Haydar-Paşa y el tren expreso". El tercer libro, también 3000 versos y el título: "Una prisión y un hospital en la estepa". El cuarto, también 3000 versos y el título: "La carretera y Estambul". De modo que Paisajes humanos de mi país formará un todo de 12000 versos, dividido en cuatro libros de 3000 versos. Solo es un bosquejo. Deséame un buen trabajo.

Espero Kelleci*  con curiosidad y confianza.

¡Kemal, ponte ya con la novela!

* Publicado en 1962, doce años después de su liberación con la amnistía de 1950, bajo el título Kelleci Memet.

 

 

 

lunes, 16 de diciembre de 2024

Paisajes humanos de mi país

Nazım-Hikmet-Paısajes-humanos-de-mi-país

 

Paisajes humanos de mi país es la obra más importante del poeta. La escribió durante los trece años consecutivos que pasó en las cárceles de su país. Con esta obra quiso crear un género nuevo que reuniera poesía, prosa, teatro y cine para reflejar las múltiples facetas de su país en aquellos años que coincidieron con el ascenso de los fascismos y la Segunda Guerra Mundial.

 

El 7 de abril de 1950, cuando ya llevaba a sus espaldas 13 años largos de cárcel, el poeta emprendió una huelga de hambre en demanda de su liberación. Esta acción encontró el respaldo del Comité para la liberación de Nâzım Hikmet, presidido por Tristan Tzara, y otros organismos internacionales. En la propia Turquía se sumaron a su huelga de hambre los escritores Kemal Tahir y Orhan Kemal, también encarcelados, y los poetas Orhan Veli, Oktay Rifat y Melih Cevdet, integrantes del grupo poético Garip (Extraño). Finalmente, tras la amnistía general decretada por el Partido Demócrata al ocupar el poder, Nâzım recobró la libertad en unión de varios miles de presos el 14 de julio de 1950.

No obstante, poco después, ante las constantes amenazas que recibía, decidió escapar en una comprometida y arriesgada huida por mar y exiliarse en la Unión Soviética. Murió en Moscú el 3 de junio de 1963.

 

¿Tiene sentido publicar en el siglo que parece sellar la victoria incontestable del capitalismo la obra de un poeta comunista turco muerto en Moscú hace más de sesenta años?
Un poeta que nunca renegó de su creencia en un mundo sin explotadores ni explotados, lo que le valió largas estancias en prisión, la última de trece años, que en gran parte dedicó a escribir Paisajes humanos de mi país, un ambicioso reto de crear una obra que, desde el materialismo dialéctico, ofreciera una visión global de la sociedad turca en la que el pueblo fuera también protagonista.
Pero se equivoca quien piense que Paisajes humanos de mi país es una obra más enmarcada dentro del llamado realismo socialista. El desafío a las normas clásicas de representación iniciado por las vanguardias artísticas en los primeros años del siglo xx alcanzó también a la literatura. Stéphane Mallarmé ya había publicado en 1897 su «Jamais un coup de dés n’abolira le hasard», iniciando la serie de poemas tipográficos a la que, rompiendo la disposición espacial clásica y empleando varios estilos y tamaños de letra, se sumaron Guillaume Apollinaire con sus caligramas («Il pleut», con los versos en sentido vertical), Marinetti (con sus «parole in libertà») y los poetas rusos Aleksei Kruchenykh y Vladimir Mayakovsky. El futurismo, el surrealismo, la abstracción geométrica, el movimiento Dadá, el cubismo, el cubofuturismo, la Bauhaus, el constructivismo, el collage, el fotomontaje, el zaum… son solo algunas de las expresiones de ese magma vanguardista que pugnaba por abrirse paso desafiando los anquilosados preceptos de la burguesía y se proponía dar «una bofetada al gusto público en defensa del arte, la poesía, la prosa y el ensayo libres».
En la URSS, durante los años que van desde 1917 a 1924, año de la muerte de Lenin, pese a la guerra civil y la intervención extranjera, cristalizaron todos aquellos movimientos de vanguardia, y Moscú se convirtió en la capital cultural del mundo. La poesía, la pintura, el teatro, la fotografía, el cine vivieron un momento de esplendor que aún sobrevivió unos años hasta que en la década de los años treinta se impusieran el realismo socialista y la paranoia represiva de Stalin. Aquellos primeros años de construcción del socialismo, con su efervescencia cultural y su igualitarismo militante dejaron una profunda huella en el escritor, que había estudiado en la Universidad Comunista de los Trabajadores del Este entre 1921 y 1924, pudo conocer a Mayakovsky y, sobre todo, el nuevo teatro producido por Stanislavsky, Meyerhold, Vajtángov… Años después Hikmet declaró que la influencia del teatro soviético en su obra fue más determinante que la de la poesía, y en particular, la de Mayakovsky, con quien la crítica siempre lo relacionó.
Tras un breve regreso a Turquía, al ser condenado a quince años de cárcel acusado de actividades comunistas por sus colaboraciones en la revista Aydınlık (Claridad), huyó de nuevo a la urss, lo que le permitió retomar contacto con las vanguardias rusas, frente a las cuales aún no se había alzado la maquinaria estalinista. Con Nicolai Ekk, el discípulo de Meyerhold con quien ya había colaborado en un grupo universitario de teatro, fundó metla, el Teatro-Estudio Leninista de Moscú, en el que representaban piezas cortas de marcado carácter político recurriendo a técnicas cinematográficas e incorporando elementos sacados del cabaret, el circo y el mimodrama, en la línea de las propuestas escénicas de Meyerhold.
Nazim Hikmet regresó a Turquía en julio de 1928, en un momento en el que la situación en la URSS, tras la celebración del XV Congreso del PCUS en diciembre de 1927, con la ratificación de la expulsión de Trotsky, Zinóviev y la oposición de izquierdas, se iniciaba el proceso que culminaría con las grandes purgas de los años treinta, cuyo alcance no llegaría a conocer parcialmente hasta su tercer regreso a la URSS tras su excarcelación en 1950.
La primera estancia en la cárcel de Hikmet se produjo precisamente al volver a pisar suelo turco en 1928, acusado de usar una falsa identidad y de pertenecer a una organización comunista. Tras unos meses en la cárcel y retomar sus colaboraciones en la revista Resimli Ay (Luna ilustrada), en abril de 1929 publicó su primer libro de poesía en Turquía, 835 líneas, con poemas de clara influencia constructivista, seguido de La Gioconda y Si-Ya-U, 3 golpes, 1 + 1 = 1, La ciudad que perdió la voz y ¿Por qué se mató Benerci? Entre tanto, la represión en la Unión Soviética contra toda clase de disidencia había alcanzado al Partido comunista turco, fracturado por la vida en clandestinidad y las detenciones, e Hikmet fue expulsado en agosto de 1932, acusado de querer más democracia interna y libertad para criticar las decisiones del Comintern. Un año antes el Gobierno había decretado el cierre de Resimli Ay, y en 1933 Hikmet fue de nuevo detenido tras el secuestro de su último libro El telegrama que llegó de noche. Salió en libertad al año siguiente tras una amnistía, pero lo cierto es que las denuncias y las detenciones se sucedieron en la década 1929-1938 a un ritmo tal que, como expresan sus biógrafos, Saime Göksu y Edward Timms, «es difícil hacer un seguimiento de todos los cargos contra él», a pesar de lo cual fueron años de intensa actividad, pues, además de publicar dos nuevos libros, Cartas a Taranta-Babu en 1935 y La epopeya del jeque Bedreddin hijo del cadí de Simavna en 1936, colaboraba bajo seudónimo en los periódicos Akşam, Tam y Son Posta, y trabajó como guionista y actor de doblaje para los estudios İpek Film, ejerciendo de ayudante de dirección en varias películas producidas por el director Muhsin Ertuğrul, renovador del cine turco en aquellos años. De hecho, el poeta ya había escrito un guion, basado en un relato de Selma Lagerlöf, durante su estancia de dieciséis meses en la cárcel de Bursa entre los años 1933-34. El propio Nâzım dirigió y escribió dos documentales (Sinfonía de Estambul y Sinfonía de Bursa, ambos en 1934) y un largometraje (Hacia el sol, estrenado en 1937).
Nâzım Hikmet escribió buena parte de su obra (Poemas de las horas 21-22, Desde las cuatro cárceles, Rubayat) a lo largo de los trece largos años de prisión ininterrumpida que pasó en diferentes cárceles de su país, desde su última condena por un tribunal militar en 1938 y su liberación en julio de 1950, tras una considerable movilización internacional y una huelga de hambre que puso en grave peligro su vida, pero la obra a la que se dedicó con indesmayable entusiasmo durante aquellos años de plomo fue Paisajes humanos de mi país.
Nâzım enviaba todo lo que escribía a Piraye, su mujer, que de esta manera se convirtió en la depositaria de toda la obra escrita por el poeta en prisión y muy particularmente de las aproximadamente 66000 líneas que Nâzim calculaba haber escrito de Paisajes humanos. Una parte considerable se perdió en los cajones de la censura penitenciaria y otra como consecuencia de las azarosas circunstancias que tocaron vivir al poeta y a sus próximos. Y, finalmente, otra debió de ser suprimida por él mismo: probablemente, la coherencia interna del poema exigió primar los paisajes más humanos sobre los puramente patrióticos. La edición turca de Paisajes humanos de mi país no apareció hasta 1966, es decir, dieciséis años después de que el poeta abandonara su país y tres después de su muerte en Moscú.
Con esta obra Nâzim Hikmet se propuso romper las fronteras entre los diversos géneros literarios. De hecho, en este largo poema encontramos frecuentes escenas dialogadas, incursiones en la historia y, sobre todo, una composición cinematográfica, una arquitectura que debe mucho a la técnica del guion cinematográfico. Desde el comienzo del poema, en la estación de Haydarpaşa, en la orilla asiática del Bósforo, el tren cumple una doble función. Por un lado, es el escenario donde intervienen —además de los presos, entre ellos Halil, trasunto del poeta— una multitud de personajes que, a través de sus conversaciones y ensoñaciones, le permiten proyectar frente al lector —como el espejo stendhaliano, pero también como lo haría una pantalla de cine— su visión de la sociedad. Mientras los diálogos ahondan la caracterización física que hace de los protagonistas, sus recuerdos —a manera de secuencias retrospectivas o flashback— permiten al poeta retrotraer también en el tiempo su particular visión de su país. El tren es también un trávelin que, en un prolongado recorrido circular que se inicia y acaba en Estambul, pautado por los traslados de los presos, recorre las tierras de Anatolia describiendo, a la manera en que se suceden las escenas en un guion cinematográfico, momentos clave de la historia de Turquía como la participación popular en la guerra de Independencia.
Pero también, en coherencia con su aproximación marxista, en las escenas que se suceden en los trenes retrata un conjunto de personajes que ilustran la estructura de la sociedad turca en la década de 1940. Así, en el modesto vagón de tercera clase número 510 del tren correo, en un compartimento viajan los presos custodiados por los gendarmes; en otro, una compañía de comediantes; otro está reservado a las mujeres; y en los otros un conjunto de personajes representativos de las capas bajas y medias de la sociedad (un cochero, un contable, un estudiante, el alcalde de una aldea circasiana, un guardafrenos, tres excombatientes de la guerra de Independencia, uno de los «antiguos griegos»…). Mientras que en el lujoso vagón restaurante del expreso de Anatolia, nos muestra a los burgueses y los prohombres del régimen.
La vida cotidiana en la cárcel es el otro pilar en que se sustenta Paisajes: sus compañeros de infortunio y sus peripecias o el emocionado seguimiento entre los presos de la resistencia popular en Rusia contra la invasión nazi. Pero también la vida íntima de ese preso llamado Halil que espera impaciente las cartas de su mujer, le flaquea la vista, se convierte en artesano carpintero para ganar unas monedas y ejerce de mentor y maestro de otros presos.

 

domingo, 17 de enero de 2010

HABLA NÂZIM HIKMET



«Un poeta comunista, progresista, revolucionario, el término no me interesa. Un poeta ligado al progreso de la humanidad debe crear obras de arte verdaderamente dignas de ese nombre. Sus poemas deben ser, por una parte, comprensibles para el pueblo, incluso si es analfabeto, y poder servir de fondo a la literatura futura, por otra. (...) Un poeta revolucionario es un hombre que actúa: no debe únicamente reflejar el alma de su pueblo, sino que debe darle una dirección. (...) En Estambul, escribía para que me lo imprimieran, para que me leyeran con los ojos. Pero en Anatolia comprendí que era preciso leer los poemas en voz alta, para el pueblo. (...) Entonces me dediqué a escribir poemas sonoros, con rima y expresiones populares (...).  Pero cuando estuve encarcelado, comprendí otra cosa: que se puede tener a un solo hombre por todo auditorio y, a través de él, hablar a toda la humanidad. Sin gritar: en voz baja, con una entonación muy de charla, muy íntima.
»La poesía es tan útil como el pan, la sal y el agua. (...)
»Mi oficio esencial es el de poeta. Hago teatro también y estoy empezando una novela. No existen temas específicos de la poesía, la novela o el teatro, todos los temas pueden ser tratados por uno u otro. Cuando se trata de la poesía, no hago ninguna concesión, quiero decir ninguna concesión formal. Concesiones ideológicas, las hago cuando me equivoco y digo: “tenéis razón, amigos míos”. Pero en el teatro, en la prosa, como son cosas secundarias para mí, puedo hacer concesiones formales, incluso puedo ser conformista. A veces se hacen concesiones sobre las cosas secundarias. La vida es tal que no hay que hacer concesiones en las cosas esenciales».

Fragmentos de la entrevista con Régis Debray y Jean-Marie Villegier para Clarté, nº 48


«Hoy en día, utilizo todas las formas. Escribo tanto siguiendo la métrica de la literatura popular como con rima. (...) Escribo también en lengua hablada, en su expresión más simple, sin métrica ni rima. Hablo tanto de amor como de paz, de revolución y vida, de la felicidad, del destino, de la esperanza y la desesperación. Quiero que todo lo que es propio del hombre lo sea de mi poesía. Quiero que el que me lea pueda encontrar, en mí o en nosotros, la expresión de todos sus sentimientos. Que nos lea tanto cuando quiera leer un poema sobre el 1 de mayo, como cuando quiera oír hablar de su incomprendido amor. (...)
»Desde que soy poeta, lo que espero, lo que exijo de las bellas artes es que, al servicio del pueblo, lo conduzcan hacia días mejores. Que traduzcan el sufrimiento, la cólera, la esperanza, la felicidad, la nostalgia del pueblo. Eso es lo que no ha cambiado en mi concepción del arte. El resto ha variado, varía y variará en todos los sentidos. Yo he cambiado, cambio y seguiré cambiando para testimoniar de la manera más conmovedora, más inteligente, más eficaz, más bella y más perfecta, esto es lo que no cambiará.

Conversación con Ekber Babayev, Konusmalar, Estambul, Adam Yay, 2000.


jueves, 29 de enero de 2009

"Un centenario en la penumbra"

Fernando García Burillo
Nâzim Hikmet, un centenario en la penumbra
(Disenso, nº 37, junio de 2002)

El pasado 15 de enero se cumplió el centenario del nacimiento de uno de los poetas cumbres de la poesía del siglo XX: Nâzim Hikmet. El poeta turco, que transformó la poesía de su país, liberándola de los ya gastados corsés de la métrica otomana y haciéndola entrar de lleno en la modernidad, pagó con 13 años de cárcel y otros tantos de exilio su compromiso con su pueblo y su negativa a doblegarse ante quienes quisieron acallar su voz.

En 1921, es decir, cuando el poeta apenas tiene 19 años, viaja a la URSS en compañía de su amigo Va-Nu, en busca de nuevos horizontes y huyendo de la guerra, el conservadurismo y un feroz anticomunismo -los integrantes del primer círculo comunista turco acaban de ser asesinados a sangre fría en alta mar-. Allí se establecen en Moscú y se dejan arrastrar por la euforia revolucionaria y la eclosión artística del momento. Son los años en que Maiakovski, en la poesía, y Meyerhold, Stanislavsky y Vakhtangov, en el teatro, los géneros que más atraen al joven Nâzim, rompen los viejos moldes; y son también los años de aprendizaje del poeta.
En diciembre de 1924, regresa a Estambul y se integra en la redacción de Aydïnlïk (Claridad), la revista teórica del Partido Comunista, definitivamente cerrada en febrero de 1925, coincidiendo con las medidas excepcionales adoptadas por el Gobierno, que tomó como pretexto el alzamiento kurdo capitaneado por el jeque Said. Al mes siguiente, los redactores de Claridad y un numeroso grupo de militantes de izquierda fueron detenidos y procesados, y el propio Nâzim Hikmet, aunque logró eludir la cárcel huyendo a Esmirna y pasando a la clandestinidad, fue condenado a 15 años de prisión, por lo que, en septiembre de 1925 volvió a escaparse a la Unión Soviética.



Nâzim con Nüzhet en Moscú


Sin embargo, la situación en la URSS ya no era la misma, y aunque participó en la creación de un teatro-estudio, la compañía METLA, ésta se disolvió en marzo de 1927, al poco de concluir los trabajos del XV Congreso del PCUS, que selló la victoria de los principios propugnados por Stalin.
En julio de 1928, Nâzim Hikmet regresa a Turquía, pero es detenido en la frontera y, tras seis meses de prisión preventiva, condenado a tres meses de cárcel y, consiguientemente, puesto en libertad. La represión que se cebó en aquellos años contra los comunistas, amparada en los poderes omnímodos de Mustafá Kemal y del Partido Republicano del Pueblo, provocó la desorganización del movimiento y la aparición de diversas facciones. A comienzos de la década de 1930, Nâzim Hikmet y otros camaradas fueron expulsados del partido, acusados de actividades antiestalinistas y de desviaciones burguesas, por preconizar una mayor democracia interna y cuestionar la infalibilidad de las orientaciones del Komintern.
 

 6 de mayo de 1931: Nâzim durante uno de los muchos procesos a que fue sometido.

Entre tanto, en abril de 1929, había publicado 835 Satïr (835 líneas), una colección de poemas de corte constructivista que alcanzó dos ediciones, y, antes de acabar ese mismo año, Jokond ile Si-Ya-U (La Gioconda y Si-Ya-U). Por aquellas fechas, se sumó a la redacción de Resimli Ay (Mensual Ilustrado), una revista de concepción vanguardista que congregó a un grupo de escritores y artistas empeñados en "derribar los ídolos", según la fórmula acuñada por Nâzim en una célebre serie de artículos que provocaron un considerable revuelo y le costaron la feroz animadversión de ciertos personajes influentes, que se sintieron retratados en aquellos ídolos con pies de barro.

ACTIVIDAD CREADORA. Como si Nâzim presintiera la amenaza de la cárcel, despliega una incesante actividad creadora: en 1930 publica dos nuevos poemarios: Varan 3 (Y van 3) y 1+1=2, este último escrito al alimón -lo que frecuentemente se olvida- con Nail V. (Nail Çakïrhan); en 1931, Sesini kaybeden Sehir (La ciudad que perdió la voz), ilustrado por Abidin Dino, y, en 1932 una antología de poemas, Gece Gelen Telegraf (Telegrama nocturno) y Benerci kendini Niçin Öldürdü? (¿Por qué se ha suicidado Benerci?), una composición que guarda muchos paralelismos con La Gioconda y Si-Ya-U por su libérrimo estilo y la alternancia de verso, prosa y diálogo, que, en cierta manera, prefiguran ese nuevo género -o esa ausencia de género- que se popone fundar con su obra más ambiciosa, que redactaría durante sus largos años de cárcel: Paisajes humanos de mi país. También escribió teatro: Kafatasi (El cráneo) y Bir Ölü Evi (La casa de un muerto) fueron estrenadas en Estambul en 1932.
Es en estos años cuando conoce a uno de los grandes amores de su vida, Pirayé, una joven de apenas 22 años. Su relación quedó truncada en marzo de 1933 con la detención de Nâzim, acusado, en unión de 23 camaradas, de asociación ilegal y de pretender implantar en Turquía el régimen de los soviets. Durante el juicio, celebrado en Bursa en noviembre de aquel año, el fiscal reclamó la pena de muerte para los acusados. Algo más de un año después, tras su puesta en libertad gracias a la amnistía promulgada en agosto de 1934 con ocasión del décimo anivesarsio de la República, ambos retomaron su vida en común y contrajeron matrimonio en enero de 1935.
 

 Nâzim y Piraye en 1941

Nâzim, que en esos años de la década de 1930, marcados por el ascenso de los fascismos en Europa, sufre un doble ostracismo, apartado de la prensa, en la que tiene que resignarse a colaborar bajo seudónimo, y apartado del sector mayoritario del Partido Comunista turco, que lo considera un desviacionista burgués, no por eso abandona su impulso militante y escribe dos largos poemas narrativos que pueden considerarse auténticas obras maestras en su género: Taranta-Babu'ya Mektuplar (Cartas a Taranta Babu), sobre la invasión de Etiopía por las tropas de Mussolini, publicado a finales de 1935 y recogido en Commune, la revista animada por Louis Aragon, en marzo de 1936, y Seyh Bedreddin Destani (Leyenda del jeque Bedreddin), publicada en 1936, en la que recoge la revuelta de signo antifeudal que en el siglo XIV protagonizó la secta Simavi, constituida por musulmanes, judíos y cristianos. Otro aspecto más del compromiso de carácter antifascista del autor lo constituye el largo poema titulado Talihsiz Yusuf'un Gemisiyle Barcelon'a Seyahat (Rumbo a Barcelona en el barco del desdichado Yusuf), publicado a finales de 1937, coincidiendo con el avance de las fuerzas nacionalistas en la guerra civil española, que estuvieron a punto de tomar Madrid, y la entrada en combate de las Brigadas Internacionales.

 Nâzim en los estudios Ipek de Estambul, en los que trabajó de guionista.




REACCIÓN DE LOS 'VIEJOS ÍDOLOS'.
A finales de 1937 y comienzos de 1938 se gesta una auténtica conspiración contra Nâzim Hikmet, con el objetivo de acallar su voz de por vida, para lo cual era necesario sustraerlo a la jurisdicción civil y entregarlo a la militar. En este tiempo el poeta ha de afrontar dos procesos: En el primero, el motivo, aunque de extrema inconsistencia, lo brinda un grupo de alumnos de la Academia Militar apasionados por la literatura y de ideas progresistas, a quienes en el curso de un registro se les descubre algunos libros del poeta. A pesar de tratarse de libros legalmente publicados que podían adquirise libremente, la jurisdicción militar inicia un proceso contra Nâzim Hikmet y veinte alumnos de la Academia Militar, entre otros, en el que se le acusa de conspiración militar e incitación a la indisciplina y a la rebelión (este último cargo podía castigarse con la pena de muerte). El juicio concluye con elevadas condenas, pero es Nâzim quien se lleva la palma: 15 años de prisión.
El segundo proceso lo incoa contra él la Armada, por los mismos motivos: la detención de algunos cadetes a los que se había soprendido con libros del poeta. En este caso, la falta de pruebas y el hecho de que se esgrimiera como acusación principal la militancia comunista de los procesados, que entraba dentro de la jurisdicción civil, hacía presagiar una sentencia absolutoria. Sin embargo, las condenas fueron también de una inesperada dureza, en particular la recibida por Nâzim: 28 años y 4 meses.
 

 1940: Nâzim en la cárcel de Çankiri con Piraye y el también escritor Kemal Tahir

Nâzim llegó a la prisión de Bursa en diciembre de 1940, para cumplir una larguísima condena que, de hecho, para un hombre como él, de 38 años y con una salud frágil, equivalía a una cadena perpetua. Allí, en las celdas de la prisión de Bursa, coincidió con dos jóvenes que había sido condenados, con tan sólo 16 años de edad, a duras penas de cárcel y a los que ayudó a desarrollar sus facultades artísticas, como en la cárcel de Çankïrï hiciera con Kemal Tahir: Orhan Kemal, condenado a 5 años de cárcel por propaganda comunista, que acabaría convirtiéndose en uno de los escritores fundamentales de la Turquía contemporánea, e Ibrahim Balaban, un joven contrabandista a quien Nâzim enseñó a pintar, y que se convirtió al cabo de los años en uno de los valores más cotizados de la pintura turca.
Durante los 10 años prácticamente ininterrumpidos que Nâzim pasó en la cárcel de Bursa, escribió sus Saat 21-22 Siirleri (Poemas de las 21-22 horas), en un lenguaje deliberadamente simple y dedicados a Pirayé; pero, sobre todo, avanzó en su obra más ambiciosa, Memleketimden Insan Manzaralarï (Paisajes humanos de mi país), en la que se proponía "retratar a su pueblo en diferentes momentos históricos" y en la que trabajó durante 20 años, 13 de los cuales en prisión. Como explicó en sus cartas a Kemal Tahir, no era un libro de poesía, pues aunque hubiera elementos de poesía, también los había de prosa, teatro y cine.



1948: en la cárcel de Bursa.






CAMPAÑAS Y HUELGA DE HAMBRE. Durante los últimos años de la década de 1940, Turquía necesita abrirse a Occidente y crecen las esperanzas de un cambio político y de una liberalización del régimen, en la práctica de partido único. Coincidiendo con este nuevo clima, Va-Nu, su gran amigo de juventud, con quien había roto a raíz de sus diferencias políticas, le visita en prisión y renace la vieja amistad. También le visita un prominente periodista, Ahmet Emin Yalman, propietario del periódico Vatan, que siendo de origen judío, ha chocado con el régimen por la imposición de un impuesto que penalizaba exclusivamente a las minorías de origen griego, judío y armenio, y que, además de apreciar la poesía de Nâzim Hikmet, quiere acabar con la mala imagen exterior de Turquía que provoca la injusta y prolongada encarcelación del poeta, contra la que ya se han iniciado diversas movilizaciones en el extranjero, particularmente en Francia.
En ese periódico se inicia una campaña por su libertad, a la que pronto se suma Mehmet Ali Sebük, un influyente abogado que ha estudiado criminología en Francia, quien inicia una serie de artículos desvelando las irregularidades de los procesos a que fue sometido el poeta. Pero sus argumentos y las apelaciones ante el Tribunal Supremo y la Asamblea Nacional fueron desestimados. No obstante, sus esfuerzos, en un clima de cierta liberalización del régimen, contribuyeron a crear un ambiente de opinión favorable a la liberación del poeta, aunque muchos comprendieron que ésta no se produciría mientras el Partido Republicano del Pueblo, el partido único surgido de la revolución kemalista, siguiera en el poder.
En su estancia en la cárcel comienza una nueva relación. Se enamora de su prima Münever, con la que viviría después de su excarcelación en 1950.






Su salud sigue deteriorándose y, en septiembre de 1949, se crea un comité internacional para su liberación, animado por Tristan Tzara y al que prestaron su apoyo Yves Montand, Picasso, Aragon, Camus, Sartre y Simone de Beauvoir, entre otros. Las manifestaciones llegaron hasta el corazón de Estados Unidos, y el cantante Paul Robeson -marginado durante la época maccartista y que más adelante sumaría a su repertorio la canción titulada "La niña muerta", sobre la destrucción de Hiroshima, con letra de Nâzim Hikmet y música del compositor checo Vaclab Dobias- prestó todo su apoyo a la campaña.
En este contexto, el poeta, que ya había tratado de suicidarse en prisión ingiriendo una elevada dosis de barbitúricos, comenzó el 2 de mayo de 1950 una desesperada huelga de hambre que contribuyó a sacar de su indiferencia a una parte de la sociedad turca.
El 14 de mayo, ante el agravamiento de su estado de salud, había sido ingresado en un hospital. Sus amigos empezaron a temer seriamente por su vida, pues el Gobierno no tomaba ninguna iniciativa, y Nâzim seguía firme en su empeño, por lo que comisionaron a uno de sus mejores amigos, el pintor Abidin Dino, para convencerle de que abandonara la huelga de hambre, hasta que tomara posesión el nuevo Gobierno del Partido Demócrata. Finalmente, tras recibir múltiples llamamientos, el 20 de mayo aceptó interrumpirla. Pero su liberación, como muchos temían, no se produjo hasta el 14 de julio, cuando la nueva Asamblea Nacional, ahora dominada por el Partido Demócrata, aprobó una amnistía parcial que permitió la salida de la cárcel de ciento once presos políticos comunistas, entre los que se encontraban, además del poeta, dos de sus mejores amigos: el pintor Ibrahim Balaban y el escritor Kemal Tahir.

LIBERTAD Y EXILIO. Al recobrar la libertad, la primera preocupación de Nâzim fue reunir la obra escrita durante sus años de prisión, que había tratado de preservar repartiéndola entre sus seres más próximos.
En noviembre de 1950, la II Conferencia del Congreso Mundial de la Paz le galardonó con el Premio de la Paz, recibido junto con Pablo Picasso, Paul Robeson, Wanda Jakubowska y Pablo Neruda, que fue el encargado de recogerlo en su nombre, ya que las autoridades turcas no le permitieron acudir a Varsovia. Y no sólo no le concedieron un pasaporte, sino que reabrieron su expediente militar y recibió una orden de alistamiento para incorporarse a un alejado destino. No hacía mucho que el escritor Sabahattin Ali había muerto en extrañas circunstancias, tras haber sido también llamado a filas a una edad tardía. Nâzim temió ser víctima de una venganza por parte de quienes no se resignaban a saberlo libre cuando habían dispuesto todo para que se pudriera de por vida en prisión. De modo que comenzó a plantearse el exilio. En marzo de 1951 nació su hijo Mehmet y, menos de tres meses después, huía de su país a bordo de una frágil embarcación.
En plena guerra fría, el caso Nâzim Hikmet fue utilizado por la propaganda soviética para contrarrestar el desastroso efecto producido por el Muro de Berlín y las constantes fugas de ciudadanos del Este de Europa a Occidente. De modo que el poeta fue recibido en la URSS con todos los honores e inmediatamente fue aupado a los órganos directivos del movimiento por la paz y el desarme -en 1952 entró a formar parte de la dirección del Congreso Mundial de la Paz-, la cara amable y progresista que entonces presentaban en el exterior los países de la órbita soviética, lo que le permitió gozar de una situación privilegiada, viajar con relativa facilidad al extranjero y conocer a escritores y artistas como Picasso, Sartre, Simone de Beauvoir, Neruda, Tristan Tzara, Nicolás Guillén, Anna Seghers, Miguel Ángel Asturias, Louis Aragon, Jorge Amado, Diego Rivera, Arnold Zweig, Régis Debray... Residió en Moscú hasta su muerte en 1963.


 Con Pablo Neruda durante la época en que Hikmet vivió exiliado en Moscú.


Durante esos años, su poesía -prohibida en su país, donde hasta la simple mención de su nombre, borrado de manuales, antologías e historias de la literatura, era un acto de resistencia- recorrió el mundo, y hoy, mientras en Turquía sus poemas son cantados y recitados hasta en las aldeas más apartadas, para escarnio de quienes pretendieron acallar su voz, en nuestro país la oportunidad que su centenario brinda para recuperar la poesía de quien nunca se doblegó ante la tiranía -ni en Turquía ni en la Unión Soviética, donde llegó a temer por su vida debido a sus críticas a Stalin- parece haber quedado relegada ante la ocasión de revisar la obra de otros autores que se acuerdan mejor con el indiscutible e indiscutido orden vigente.



Con Vera, la mujer que lo acompañó durante los últimos años de su vida.

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Obras de Nâzim Hikmet publicadas en castellano

Duro oficio el exilio (prólogo, versión española y notas de Alfredo Varela), Lautaro, Buenos Aires, 1959 (reeditado en La Habana en 1975 y en Barcelona, en 1976, por José Batlló).
La miel de la esperanza y otros poemas precedidos de un mensaje a los poetas (traducción de Leonilde Bernasconi), col. Laura, La Habana, 1961.
Leyenda de amor (pieza en tres actos y cinco cuadros), Ariadna, Buenos Aires, 1964.
Antología (selección, traducción y prólogo de Solimam Salom), Visor, Madrid, 1970.
Antología poética, Quetzal, Buenos Aires, 1974.
Poemas (traducción de Alfredo Varela), Ed. Arte y Literatura, La Habana, 1978.
La nube enamorada (ilustraciones de Malok, traducción de Fernando García Burillo), Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, Guadarrama, 1989.
Últimos poemas I. 1959-1960-1961 (ilustraciones de Pablo Picasso, traducción y presentación de Fernando García Burillo), Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, Guadarrama, 2000.

De próxima publicación:

Poemas finales. Últimos poemas II. 1962-1963 (traducción de Fernando García Burillo y Çagla Soykan), Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, Guadarrama.
Paisajes humanos de mi país (traducción de Gül Isik y Fernando García Burillo), Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, Guadarrama.

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SELECCIÓN DE SUS ÚLTIMOS POEMAS (*)

El sol y los gritos de los niños en los globos rojos amarillos y verdes
El cielo con sus luces azules
Quién iba a decir que mi historia terminaría así
He entrado en la estación de las lluvias en la estación de las poesías tristes

No esperas nada de mí
Las palabras se quedan entre nosotros sin poder alcanzarnos
En los globos rojos amarillos y verdes el sol y los gritos de los niños
Cansados y desesperanzados contemplamos nuestras palabras.

(Moscú, 11 de mayo de 1962)

...

Te has cansado de llevar mi peso
Te has cansado de mis manos
De mis ojos de mi sombra
Mis palabras eran incendios
Pozos eran mis palabras
Un día vendrá de repente vendrá un día
Sentirás el peso de las huellas de mis pasos
Alejarse las huellas de mis pasos
Y este peso será de todos el más difícil de soportar.

(Moscú, 31 de mayo de 1962)


MI ENTIERRO

¿Mi entierro saldrá de nuestro patio?
¿Cómo vais a bajarme del tercer piso?
El ataúd no cabe en el ascensor
Y las escaleras son demasiado estrechas.

Tal vez el patio esté inundado de sol y haya palomas
Tal vez nieve en medio de los gritos de los niños
Tal vez llueva y esté mojado el asfalto.
Y como siempre los cubos de basura estarán en el patio.

Si como acostumbran aquí me suben al furgón con la cara descubierta
Puede caerme algo de una paloma en la frente: trae suerte.
Venga o no una banda de música habrá niños a mi lado
Los niños siempre sienten curiosidad por los muertos.

La ventana de nuestra cocina me seguirá con la mirada.
Nuestro balcón me acompañará con la ropa tendida.
No podéis saber lo feliz que he sido en este patio.
Vecinos míos a todos os deseo una larga vida...

(Moscú, abril de 1963)
...

Recorrí a toda velocidad tus sueños
Su resplandor ardió y se consumió
Planté un ciruelo
Y saboreé sus frutos.

Amé tanto la tristeza
Sobre todo en las piedras del mar
En la mirada de la gente
Y de repente dejé de amarla

Qué bien que amara la lluvia
Qué bien que pernoctara en la cárcel
Amé a los que no pudieron
Alcanzar toda mi felicidad

Qué bien que amara los regresos
...................................................

(Moscú, 2 de mayo de 1963)

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(*) Los poemas anteriores, inéditos en castellano, pertenecen al segundo volumen de Últimos poemas, que recoge los publicados por Nâzim Hikmet en los años 1962 y 1963, traducidos del turco por Fernando García Burillo y Çagla Soykan y publicados por Ediciones de Oriente y del Mediterráneo en 2008 con el título Poemas finales. Últimos poemas II (1962-1963) [ISBN 978-84-87198-75-5].